Aun cuando la apariencia de inmovilidad del lugar me aterraba, yo había vivido con mi madre en dicha casa durante años. Lo aterrador era que, pese a las décadas transcurridas, todo estaba igual. Entre el aire atrapado, el mismo perfume que nunca supe asociar a nada en particular. Aroma que atraía recuerdos de épocas más felices, apuñalando mi corazón imagen tras imagen, una sensación de melancolía y arrepentimiento.
Al llegar a la pieza de mi madre, pude verla sentada al lado de la ventana. Por un instante me limite a apreciar su frágil cuerpo, que producto de los años se va encogiendo, volviendose más pequeño. Una especie de retorno a la niñez o a la tierna infancia, un retorno que cobra todo tu presente.
De pronto ella alzo mi mirada, con temblorosas manos tanteo sobre su regazo y se puso los lentes, tratando de reconocer quien era el visitante. La salude tranquilamente, con voz pausada, mientras su rostro reflejaba su extrañeza, yo sabia que se estaba debatiendo entre sentirse molesta o halagada por la visita, de aquel sujeto extraño para ella, que era su hijo.
