C!

29 de diciembre de 2011

204

Entre a la casa vieja, el aire estaba rancio, atrapado, estático. Los haces de luz dorada que se colaban detrás de las cortinas permitían ver el nivel de polvo que flotaba en la habitación. Todo parecía inmóvil como si nunca hubiese existido el tiempo en aquel lugar, o más bien, como si estuviésemos ingresando a una habitación que se encontraba en al final del tiempo, a las puertas del fin del mundo. Nadie parecía vivir en aquella casa de muebles viejos, de objetos antiguos, de fotos en blanco y negro de gente y animales muertos hace décadas, cuyas miradas solemnes o sonrisas parecieran evocar un momento en mi vida, del cual ya no tengo memoria.

Aun cuando la apariencia de inmovilidad del lugar me aterraba, yo había vivido con mi madre en dicha casa durante años. Lo aterrador era que, pese a las décadas transcurridas, todo estaba igual. Entre el aire atrapado, el mismo perfume que nunca supe asociar a nada en particular. Aroma que atraía recuerdos de épocas más felices, apuñalando mi corazón imagen tras imagen, una sensación de melancolía y arrepentimiento.

Al llegar a la pieza de mi madre, pude verla sentada al lado de la ventana. Por un instante me limite a apreciar su frágil cuerpo, que producto de los años se va encogiendo, volviendose más pequeño. Una especie de retorno a la niñez o a la tierna infancia, un retorno que cobra todo tu presente.

De pronto ella alzo mi mirada, con temblorosas manos tanteo sobre su regazo y se puso los lentes, tratando de reconocer quien era el visitante. La salude tranquilamente, con voz pausada, mientras su rostro reflejaba su extrañeza, yo sabia que se estaba debatiendo entre sentirse molesta o halagada por la visita, de aquel sujeto extraño para ella, que era su hijo.


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« ils ont soif insatiable de l'infini, comme toi, comme moi, comme le reste des humains, à la figure pâle et longue. »; (Les Chants de Maldoror - Chant I)

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